La misión Artemis II, presentada como un paso clave para el regreso humano a la Luna, también ha reabierto el debate sobre el costo ambiental de la exploración espacial. Dos análisis recientes —uno publicado por Reporterre y otro verificado por AFP Factuel— ponen cifras concretas a su huella de carbono y cuestionan la narrativa de sostenibilidad en este tipo de misiones.
Según estos informes, el lanzamiento y las operaciones asociadas a Artemis II generaron más de 2.000 toneladas de CO₂ equivalente (CO₂e). La cifra incluye no solo las emisiones directas del cohete, sino también todo el ciclo asociado: producción de combustible, logística, pruebas previas y cadena industrial.
Emisiones más allá del lanzamiento
Aunque el sistema de lanzamiento SLS utiliza principalmente hidrógeno líquido —que en teoría produce vapor de agua al quemarse—, los expertos advierten que el cálculo real es mucho más complejo. El impacto climático no se limita al momento del despegue.
En particular, se consideran factores como:
La producción energética necesaria para generar hidrógeno.
El uso de combustibles sólidos en los propulsores auxiliares.
Las emisiones derivadas de la fabricación y ensamblaje del cohete.
La participación de miles de proveedores internacionales en la cadena de suministro.
De hecho, más de 2.700 empresas participaron en el desarrollo de la misión, lo que amplía significativamente su huella ambiental global.
Debate sobre la sostenibilidad espacial
El análisis de AFP Factuel matiza algunas afirmaciones virales que comparaban las emisiones de Artemis II con actividades cotidianas o vuelos privados. Si bien ciertas comparaciones en redes sociales resultan exageradas o metodológicamente débiles, los datos disponibles confirman que el impacto climático de una misión de este tipo es considerable.
Sin embargo, también se subraya que no existe consenso científico sobre cómo evaluar estas emisiones en relación con los beneficios potenciales de la exploración espacial. La discusión se mueve entre dos ejes: el avance tecnológico y científico frente al costo ambiental inmediato.
Una misión histórica, pero no neutra
Artemis II marca la primera misión tripulada alrededor de la Luna en más de medio siglo, con un viaje de aproximadamente diez días y más de un millón de kilómetros recorridos. Su objetivo principal es validar sistemas para futuras misiones, incluidas aquellas que podrían establecer una presencia humana sostenida en el satélite.
Pero este avance tecnológico convive con una realidad incómoda: la exploración espacial, al menos en su forma actual, dista de ser climáticamente neutra.
Un dilema creciente
El caso de Artemis II ilustra una tensión cada vez más visible en la agenda global: cómo compatibilizar grandes proyectos científicos con los compromisos de reducción de emisiones. Mientras algunos defienden que estas misiones son esenciales para el progreso humano, otros cuestionan si su impacto ambiental está suficientemente justificado.
En ese contexto, la discusión sobre el futuro de la exploración espacial ya no se limita a la tecnología o la geopolítica. También pasa, inevitablemente, por el clima.




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